El patrimonio como oportunidad educativa y de bienestar para las personas jóvenes
La relación entre juventud y patrimonio ha comenzado a recibir atención renovada, no solo por su potencial para enriquecer procesos educativos, sino también por su impacto positivo en el desarrollo personal, el sentido de pertenencia, la salud mental y la participación cívica. Sin embargo, la evidencia muestra que el acceso de las personas jóvenes a espacios patrimoniales sigue siendo limitado, y es necesario repensar las formas de participación para garantizar que estos entornos culturales sean también suyos.
¿Participan los y las jóvenes en el patrimonio?
A pesar del potencial educativo y transformador del patrimonio, los datos muestran una menor participación juvenil en comparación con otros grupos de edad. Según la Encuesta de Participación (DCMS, 2023), en el curso 2022-2023, el 60 % de las personas jóvenes de entre 16 y 19 años participaron activamente en el sector patrimonial, frente al 73 % de personas adultas de 69 años. Esta diferencia plantea interrogantes sobre las barreras que enfrentan los y las jóvenes para acceder, disfrutar y apropiarse del patrimonio.
Más allá de las visitas escolares: romper barreras de acceso
Numerosos estudios han identificado obstáculos estructurales y simbólicos que limitan la participación juvenil. La investigación del Heritage Fund (2019) y el programa Kick the Dust revelan que muchas veces el contacto de los jóvenes con el patrimonio se restringe a visitas escolares o prácticas laborales, con escasa oportunidad de protagonismo o cocreación. Además, muchas personas jóvenes no se reconocen como público objetivo en estos espacios.
Iniciativas como Kick the Dust han tratado de revertir esta situación mediante propuestas centradas en la participación activa y significativa, reconociendo que cuando se crean oportunidades reales para implicarse, el patrimonio puede ser un poderoso motor de aprendizaje y desarrollo.
Patrimonio, desarrollo personal y voz juvenil
La vinculación con el patrimonio tiene efectos positivos en el desarrollo de competencias transversales. La participación en proyectos patrimoniales ha mostrado mejorar la confianza, las habilidades comunicativas, el pensamiento crítico, la empatía, la resiliencia, el trabajo en equipo y el liderazgo (ICRD, 2023). Estas competencias no solo refuerzan la trayectoria educativa, sino que también aportan herramientas para la inserción laboral y la participación social.
Estudios longitudinales (Fujiwara et al., 2015) evidencian que quienes visitan sitios patrimoniales o participan en actividades culturales presentan mayor probabilidad de continuar su formación en años posteriores. Para que este impacto sea significativo, es fundamental incorporar a las personas jóvenes desde el diseño de las actividades, invitándolas a definir qué consideran patrimonio y cómo desean explorarlo (ICRD, 2023).
El patrimonio como espacio de juego, identidad y comunidad
La imaginación desempeña un rol clave en la forma en que niños y niñas se relacionan con los espacios históricos (Trenter et al., 2021). Estos entornos pueden convertirse en escenarios de juego creativo, facilitando aprendizajes emocionales y cognitivos que rara vez se promueven en contextos educativos formales.
Aprender sobre el entorno histórico local también favorece el apego al lugar, es decir, la construcción de vínculos afectivos entre las personas y su entorno. Esta relación potencia la identidad y el sentimiento de pertenencia, elementos esenciales para el bienestar psicosocial (Jack, 2010; Johnston y Marwood, 2017). Programas como Escuelas Patrimoniales, impulsados por Historic England, han mostrado un impacto muy positivo en este sentido: el 98 % del profesorado participante afirmó que el conocimiento del patrimonio local fortaleció el vínculo de sus estudiantes con el lugar (BMG, 2022).
Conocer el pasado como motor de compromiso cívico
El conocimiento del patrimonio no solo favorece el desarrollo individual, sino que también puede facilitar procesos de empoderamiento y participación ciudadana. Conocer la historia del lugar donde se vive puede ser el punto de partida para una ciudadanía activa. Un estudio longitudinal con más de mil personas reveló que el interés por las raíces locales es un predictor significativo del compromiso cívico (Lewicka, 2005).
Del mismo modo, participar en talleres sobre historia local se ha asociado con una mayor disposición a implicarse en iniciativas comunitarias (Stefaniek et al., 2017). Esta conexión entre memoria, acción y justicia social ha sido señalada por Mitchell y Elwood (2012), quienes destacan cómo el conocimiento del pasado puede inspirar acciones educativas en favor de causas colectivas.
La participación cívica también mejora la calidad de vida
El vínculo entre participación comunitaria y bienestar está ampliamente documentado. Una revisión de 22 estudios (Attree et al., 2011) concluyó que las personas que participan en iniciativas comunitarias experimentan beneficios en su salud física y mental, en su autoconfianza y en sus relaciones sociales.
Más recientemente, una revisión sistemática (Pennington et al., 2018) identificó impactos positivos como la mejora del entorno local, el fortalecimiento de la confianza social y la reciprocidad. Este tipo de participación también se asocia con una visión más optimista del futuro (McElroy et al., 2021) y con experiencias significativas de socialización, aprendizaje y satisfacción personal, como ha sido documentado en estudios sobre voluntariado patrimonial (BOP Consulting, 2011; Christidou y Hanson, 2015; Power y Smyth, 2016).
Patrimonio, salud mental y bienestar
Más allá del aprendizaje formal, el patrimonio puede contribuir significativamente a la salud mental de las personas jóvenes. Estudios del Understanding Society Youth Survey (Lakey et al., 2017) señalan que visitar sitios culturales se asocia con mayor satisfacción vital y mayor autoestima, especialmente en niñas y adolescentes.
Experiencias culturales coproducidas en línea también han demostrado ser más efectivas para reducir emociones negativas que las páginas web convencionales de museos (Syed Sheriff et al., 2023). Asimismo, la conexión con el patrimonio natural, como muestra el proyecto Keeping it Wild, genera mejoras notables en salud y bienestar, con un 77 % de jóvenes reportando beneficios (Wildlife Trust, 2021).
Estos efectos se amplifican cuando el patrimonio se aborda desde una perspectiva culturalmente situada. Las prácticas de crianza que transmiten conocimiento cultural y étnico a través del patrimonio son especialmente valiosas para niños y niñas de grupos minoritarios, contribuyendo al fortalecimiento de su identidad (Huguley et al., 2019).
Conclusión: el patrimonio como herramienta de transformación social
La evidencia muestra que el patrimonio, entendido como un recurso vivo y diverso, puede ser clave en los procesos de desarrollo, educación, salud mental y participación cívica de las personas jóvenes. Pero para lograrlo, se requiere una transformación en la forma en que se diseñan las políticas y los programas: con enfoque participativo, desde una mirada intergeneracional y reconociendo la pluralidad de narrativas que conviven en los territorios.
Promover una participación activa, inclusiva y significativa en el patrimonio es también una forma de contribuir al cumplimiento del ODS 4: garantizar una educación de calidad, equitativa y pertinente para todas las personas. Pero también se alinea con una visión más amplia del ODS 11: construir comunidades sostenibles, resilientes y cohesionadas, donde el patrimonio sea un puente entre generaciones y no un territorio excluyente.
Fuente:
https://historicengland.org.uk/research/heritage-counts/heritage-and-society/
Referencias
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