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Notas de la lectura: L’écologie au quotidien, de Michelle Dobré (2002)
Hablar de sostenibilidad suele conducir a recomendaciones dirigidas a cada persona: consumir menos, reciclar, reparar, reutilizar o cambiar la forma de desplazarse. Estas decisiones importan, pero se producen dentro de unas condiciones concretas. Los precios, las infraestructuras, los horarios laborales, la organización del territorio y la disponibilidad de servicios amplían o limitan las posibilidades de actuar.
A partir de la obra L’écologie au quotidien, de Michelle Dobré, este texto propone observar la vida cotidiana como un espacio político y educativo. Desde la educación no formal, esta mirada permite analizar cómo se construyen los hábitos, qué obstáculos dificultan su transformación y qué alternativas pueden desarrollarse de forma colectiva. La atención se desplaza de la responsabilización individual hacia la comprensión de las prácticas y de las condiciones que las sostienen (Dobré, 2002).
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Vivir de otra manera tiene límites estructurales
La sociedad de consumo parece ofrecer numerosas formas de vida. Sin embargo, muchas de estas opciones son variaciones dentro de un mismo sistema. La movilidad, la alimentación, la vivienda, el uso de la energía y la organización del tiempo dependen de estructuras económicas, institucionales y territoriales que las personas no controlan de manera individual. El deseo de vivir de una forma más sostenible puede entrar en conflicto con la ausencia de transporte público, el precio de la vivienda, la precariedad laboral o la dificultad para acceder a productos y servicios alternativos. Las teorías de las prácticas sociales ayudan a comprender esta relación entre la capacidad de actuar y las estructuras materiales que organizan la vida cotidiana (Spaargaren, 2011; Shove et al., 2012).
En estos enfoques se critica la narrativa de la “elección verde” como si el consumo sostenible fuera principalmente un asunto de preferencia individual (Jackson 2021). Esto encaja con la ecología de lo cotidiano al recalcar que las estructuras de producción, distribución y servicios limitan seriamente las posibilidades reales de vivir de otra forma.
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La vida cotidiana también es un espacio político, no solo privado
El hogar, el barrio, los desplazamientos y los tiempos dedicados al cuidado suelen considerarse espacios privados. Sin embargo, están atravesados por decisiones económicas, políticas y tecnológicas. La organización doméstica, la gestión del tiempo o el acceso a determinados servicios reflejan formas concretas de distribuir los recursos y las responsabilidades. La autora sostiene que, frente a la colonización del mundo vivido, la vida cotidiana aparece como el lugar donde aún pueden emerger prácticas alternativas.
Marres (2012) muestra que la participación política también se produce mediante objetos, dispositivos y prácticas materiales. Elegir cómo calentamos una vivienda, cómo nos desplazamos o qué hacemos con los residuos implica relacionarnos con sistemas más amplios. La vida cotidiana se convierte así en un espacio donde se negocian valores, dependencias y posibilidades de cambio. Esta línea teórica enfatiza que lo político no está reservado solo a instituciones formales, sino que emerge en la gestión de los asuntos más rutinarios, tal como propone Dobré.
- La resistencia ordinaria forma parte de las prácticas diarias
La resistencia ordinaria no se concibe como un acto heroico o espectacular, sino como una forma de oposición pequeña, persistente y situada en las rutinas del día a día. Dobré denomina resistencia ordinaria a los pequeños gestos que cuestionan la expansión de la lógica mercantil. Reparar un objeto, compartir herramientas, reducir determinadas compras o recuperar saberes comunitarios pueden parecer acciones modestas. Su importancia reside en que mantienen abiertas otras formas de relacionarse con los recursos, el tiempo y las personas. Estas microresistencias expresan tensiones entre el mundo vivido y el sistema económico, y permiten visibilizar la capacidad de las personas para no quedar completamente absorbidas por la lógica mercantil.
De Certeau (1984) ya había destacado las tácticas mediante las cuales la población adapta, reutiliza o transforma aquello que le viene impuesto. Estas acciones no siempre persiguen un cambio político explícito, pero muestran que las personas no reproducen de forma pasiva los modelos dominantes.
La capacidad transformadora de estas prácticas depende de su continuidad, de las redes que las sostienen y de su articulación con cambios institucionales. Una iniciativa aislada puede tener un alcance reducido. Cuando se comparte, se organiza y se conecta con otras experiencias, puede generar nuevos aprendizajes y ampliar las posibilidades de actuación. En el campo de la sostenibilidad, autores como Shove (Shove 2019) muestran cómo las prácticas de consumo y de uso de objetos del día a día no son pasivas, sino que contienen elementos de agencia y adaptación que pueden interpretarse como formas de resistencia a las demandas del sistema de mercado.
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La sostenibilidad requiere transformar las prácticas y sus condiciones, no solo valores
La conciencia ambiental no produce automáticamente cambios en los modos de vida. Las prácticas cotidianas combinan conocimientos, competencias, objetos, infraestructuras, normas y significados sociales. Hacerlo implicaría alterar gestos cotidianos muy arraigados y enfrentarse a límites materiales: transporte, alimentación, vivienda, energía o residuos están integrados en redes de producción que dificultan cualquier esfuerzo individual.
Una persona puede querer reducir su consumo energético, pero necesita una vivienda adecuadamente aislada. Puede desear desplazarse sin automóvil, pero requiere alternativas seguras y accesibles. Puede optar por reparar, aunque esta posibilidad depende de la disponibilidad de piezas, espacios, conocimientos y servicios. Esto muestra por qué no basta con “querer consumir menos”: el entorno social, técnico e institucional también debe hacerlo posible.
Los estudios sobre sostenibilidad doméstica muestran las contradicciones que aparecen cuando las expectativas ambientales no coinciden con las condiciones materiales de los hogares (Gibson et al., 2013). Por ello, la educación ambiental necesita incorporar el análisis de los contextos y evitar que toda la responsabilidad recaiga sobre las decisiones individuales.
Esto refuerza la posición de Dobré de que la ecología de lo cotidiano exige no solo internalizar valores, sino también transformar las capacidades materiales y las oportunidades reales para actuar.
- La frugalidad y la suficiencia son cuestiones colectivas
La frugalidad propone reducir el consumo material y revisar qué recursos son necesarios para vivir dignamente. Esta perspectiva encuentra obstáculos en sociedades que relacionan el bienestar con la acumulación, la novedad y el aumento permanente del consumo. la autora analiza que la frugalidad choca con dos barreras principales. La primera es cultural: en sociedades donde el bienestar se asocia al confort y a la acumulación, reducir el consumo se percibe como una pérdida o incluso como un retroceso civilizatorio. La segunda es política: las instituciones no consideran viable promover restricciones al consumo porque temen su impopularidad. Esto deja el cambio en manos de decisiones individuales que se ven rápidamente neutralizadas por la estructura del mercado.
Además, cualquier propuesta de reducción debe considerar las desigualdades existentes. No todas las personas consumen de la misma manera ni disponen de los mismos recursos. La suficiencia no puede convertirse en una exigencia uniforme que ignore las condiciones sociales y económicas.
Los debates sobre decrecimiento vinculan la reducción de la producción y del consumo con la justicia social, la redistribución y la participación democrática (Schneider et al. 2019, D’Alisa et al., 2015). La pregunta relevante no es únicamente cuánto reducir, sino quién decide, en qué ámbitos y con qué consecuencias para los distintos grupos sociales. Estos autores argumentan que reducir el consumo puede liberar recursos y tiempo, pero que el reto consiste en cómo reorganizar la vida social sin reproducir inequidades ni imponer sacrificios desiguales entre grupos sociales.
- El consumo es una práctica social e histórica
El consumo suele presentarse como el resultado de preferencias personales. Sin embargo, también expresa posiciones sociales, relaciones familiares, identidades, obligaciones y formas de pertenencia. Warde (2017) plantea que consumir implica organizar y coordinar prácticas cotidianas, más allá del acto concreto de comprar.
Se explica que el consumo está en el corazón de la organización de la vida material moderna, pero que ha sido analizado sobre todo desde la economía o desde lecturas críticas que lo reducen a alienación. La autora plantea que es necesario un enfoque más complejo que observe el consumo como un espacio donde se expresan valores, tensiones, desigualdades, estrategias familiares y posibilidades de autonomía.
La dependencia actual del mercado tampoco es natural ni inevitable. Se ha construido mediante procesos históricos relacionados con la industrialización, la expansión de la producción en masa y la progresiva sustitución de formas de autosuficiencia, reparación e intercambio comunitario.
Comprender este proceso permite analizar el consumo sin reducirlo a una cuestión moral. Las decisiones cotidianas están vinculadas a modelos económicos que necesitan mantener un crecimiento continuo y estimular nuevas necesidades. Jackson (2017) cuestiona esta asociación entre prosperidad, crecimiento económico y aumento del consumo.
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Más bienes no garantizan mayor bienestar
La autora muestra una paradoja central: el aumento objetivo del bienestar material (más vivienda, más infraestructura, más objetos, más servicios) convive con un malestar creciente. El aumento del consumo y del confort material puede convivir con la falta de tiempo, la ansiedad, la dependencia y la pérdida de control sobre la propia vida. El bienestar no depende únicamente de la renta o de la cantidad de bienes disponibles.
El bienestar medido monetariamente no se traduce en mayor satisfacción vital. Aumenta el confort, pero también la ansiedad, la sensación de pérdida de control y el impacto ambiental. Esta contradicción refuerza la necesidad de repensar el sentido del “bienestar”, no solo su medida.
Layard (2011) analiza la distancia existente entre el crecimiento de los ingresos y la evolución de la satisfacción vital. Esta contradicción invita a revisar qué entendemos por una vida buena y qué papel ocupan el tiempo, los cuidados, las relaciones, la participación comunitaria y la seguridad material.
8. Entender de dónde surge la dependencia actual
El texto aporta una visión histórica que muestra cómo el consumo marchante se consolidó como forma dominante de satisfacer necesidades. En el pasado, gran parte de la vida material se sostenía a través de la autosuficiencia, la reparación, los intercambios comunitarios y la escasez de objetos. La expansión industrial introdujo una multiplicación de bienes y transformó la relación con los objetos, convirtiéndolos en indicadores de bienestar, identidad y progreso. Comprender esta transición ayuda a ver que la dependencia actual no es natural ni inevitable: es resultado de procesos históricos concretos.
Autores que trabajan en historia ambiental y teoría social muestran que la centralidad del consumo moderno es un producto histórico de la industrialización y de la expansión del mercado de masas (Kern 2015). Esta mirada histórica ayuda a situar la dependencia actual del consumo en procesos sociales y técnicos con origen en transformaciones del siglo XX.
Una lectura educativa desde la pedagogía social
La educación no formal ofrece espacios adecuados para abordar estas cuestiones desde la experiencia cotidiana. Bibliotecas, asociaciones, equipamientos comunitarios, huertos urbanos, grupos de consumo, talleres de reparación y proyectos vecinales pueden convertirse en lugares de aprendizaje y reflexión compartida. La educación fuera de la escuela amplía los agentes, los tiempos y los contextos en los que se construye conocimiento (Trilla, 2003).
El trabajo educativo puede partir de actividades sencillas: observar las prácticas del entorno, identificar las barreras que dificultan el cambio, recuperar conocimientos locales, intercambiar experiencias y diseñar alternativas viables. Estas propuestas permiten relacionar las decisiones personales con sus dimensiones sociales, económicas y ambientales.
La educación para la sostenibilidad adquiere así un carácter comunitario y participativo. Su función consiste en facilitar procesos de comprensión, deliberación y experimentación que ayuden a las personas y a las comunidades a ampliar su capacidad de decisión. La propia UNESCO reconoce la relevancia de los entornos informales, comunitarios y cotidianos para el aprendizaje orientado a la sostenibilidad.
La ecología de lo cotidiano permite comprender que la transformación se produce en la relación entre las prácticas, las estructuras y los aprendizajes colectivos. Los pequeños cambios adquieren mayor fuerza cuando encuentran condiciones materiales favorables, espacios de cooperación y políticas que los sostienen.
Revisar
Beck, U. (1992). Risk society: Towards a new modernity. SAGE.
D’Alisa, G., Demaria, F., & Kallis, G. (Eds.). (2015). Degrowth: A vocabulary for a new era. Routledge.
de Certeau, M. (1984). The practice of everyday life (S. Rendall, Trad.). University of California Press.
Dobré, M. (2002). L’écologie au quotidien: Éléments pour une théorie sociologique de la résistance ordinaire. L’Harmattan.
Fabiani, J.-L. (2004). L’Écologie au quotidien. Éléments pour une théorie sociologique de la résistance ordinaire, Michelle Dobré, Paris, L’Harmattan, 2002, 354 p. Natures Sciences Sociétés, 12(3), 345a–359a.
Gibson, C., Farbotko, C., Gill, N., Head, L., & Waitt, G. (2013). Household sustainability: Challenges and dilemmas in everyday life. Edward Elgar Publishing.
Jackson, T. (2017). Prosperity without growth: Foundations for the economy of tomorrow (2.ª ed.). Routledge.
Hansen, M. (2023) “rethinking consumption politics: structures, agency and everyday life.” Journal of Consumer Culture.
Kern, S. (2015) The Culture of Time and Space, 1880–1918: With a New Preface. Harvard University Press.
Layard, R. (2011). Happiness: Lessons from a new science (2.ª ed.). Penguin.
Marres, N. (2012). Material participation: Technology, the environment and everyday publics. Palgrave Macmillan.
Shove, E. (2018). What is wrong with energy efficiency? Building Research & Information, 46(7), 779–789.
Shove, E., Pantzar, M., & Watson, M. (2012). The dynamics of social practice: Everyday life and how it changes. SAGE.
Spaargaren, G. (2011). Theories of practices: Agency, technology, and culture: Exploring the relevance of practice theories for the governance of sustainable consumption practices in the new world-order. Global Environmental Change, 21(3), 813–822.
Trilla, J. (2003). La educación fuera de la escuela: Ámbitos no formales y educación social. Ariel.
UNESCO. (2020). Education for sustainable development: A roadmap. UNESCO.
Warde, A. (2017). Consumption: A sociological analysis. Palgrave Macmillan.

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