27 agosto 2026

Pedagogía de la fricción: qué dificultades conviene conservar para aprender

Portada del libro
Este 11 de agosto se publicó en acceso abierto un trabajo que propone un concepto que me parece especialmente sugerente: pedagogy of friction.

El artículo se sitúa en educación infantil y parte de una cuestión relevante: la agencia de niñas y niños se construye actuando sobre un mundo que ofrece resistencia. Equivocarse, negociar con otras personas, experimentar incertidumbre, comprobar que algo no funciona como esperábamos, volver a intentarlo o enfrentarse a resultados imprevistos forman parte de ese proceso. El estudio, basado en entrevistas a seis personas expertas de diferentes disciplinas, analiza qué puede ocurrir cuando introducimos en ese ecosistema tecnologías diseñadas precisamente para ser cada vez más eficientes, adaptativas y fluidas.

La idea me interesa porque cuestiona algo que podemos dar demasiado fácilmente por supuesto en educación: que eliminar dificultades mejora necesariamente el aprendizaje.

Las personas autoras recuperan el concepto de desirable difficulties, «dificultades deseables». Algunas situaciones que ralentizan la resolución inmediata de una tarea pueden crear oportunidades para probar, revisar, comprender relaciones de causa y efecto, negociar o construir una respuesta propia. La fricción aparece así como un recurso educativo que forma parte de las condiciones en las que se desarrolla la agencia.

De ahí surge la propuesta de una pedagogía de la fricción: identificar qué resistencias tienen valor educativo y merece la pena conservar.

Este giro me parece especialmente potente. Ante nuevas tecnologías educativas se suele pasar inmediatamente a aceptar, incluir, sin cuestionar profundamente, solemos encontrar respuesta sobre cómo puede ayudarnos, adaptar mejor una actividad o facilitar un proceso, Pero no que dejamos que es positivo para la educación. Este artículo introduce otra posibilidad: pensar también qué conviene que la tecnología no resuelva. 

La propuesta lleva a revisar incluso el diseño de estos entornos. Las personas autoras hablan de pasar de una lógica centrada principalmente en la experiencia de usuario —User Experience (UX), donde se busca reducir obstáculos y hacer la interacción cada vez más fluida— hacia una Growth Experience (GX), una experiencia orientada al crecimiento. En ella, determinados momentos de dificultad pueden mantenerse deliberadamente cuando favorecen exploración, ensayo y toma de decisiones.

El ejemplo que plantean es muy sencillo: ante una construcción que está a punto de caer, un sistema podría corregir automáticamente el problema. Otra posibilidad sería dejar que la torre caiga y ayudar a observar qué ocurrió, dejando que la niña o el niño vuelva a probar. La tecnología cambia entonces su posición dentro de la experiencia: puede abrir posibilidades sin anticipar continuamente la solución.

Esta perspectiva también lleva a las personas autoras a hablar de una "arquitectura del ecosistema de aprendizaje". La atención se desplaza hacia las condiciones que rodean a quien aprende: las relaciones, los objetos, los espacios, las experiencias corporales, las decisiones disponibles y el lugar que ocupa la tecnología dentro de esa red.

También necesitamos tiempo para aprender

Mientras leía el artículo apareció otra cuestión que me hizo pensar: el tiempo.

En mi propio proceso de aprendizaje soy lenta. Necesito leer una idea, dejarla reposar, relacionarla con otras, volver sobre ella y pensar antes de pasar a la acción, por eso, por ejemplo, escribo este blog, para releerlo. Muchas veces comprendo precisamente durante ese tiempo intermedio.

Esto me lleva a preguntarme qué sucede cuando diseñamos experiencias bajo una lógica permanente de respuesta inmediata.

Las tecnologías pueden responder inmediatamente. ¿Significa eso que quienes aprenden también pueden —o deben— procesar inmediatamente?

No podemos darlo por supuesto. El desarrollo de capacidades relacionadas con el control cognitivo, la planificación, la memoria de trabajo o la velocidad de procesamiento continúa durante la infancia y la adolescencia. Además, existen diferencias entre personas y entre los distintos procesos cognitivos.

Crecer rodeado de tecnologías rápidas tampoco significa que el pensamiento humano haya adquirido automáticamente su velocidad.

Por eso encuentro otra posible forma de entender la fricción: proteger el derecho a demorarse.

Observar antes de responder. Mantener una duda durante un tiempo. Probar una explicación. Volver atrás. Cambiar de opinión. Necesitar más tiempo para comprender.

La pausa también puede formar parte del aprendizaje.

Esta reflexión me parece especialmente pertinente ante sistemas capaces de anticipar necesidades, adaptar contenidos y generar respuestas en segundos. Una experiencia puede ser extraordinariamente fluida para la tecnología y, al mismo tiempo, demasiado rápida para quien está construyendo una idea.

Fricción, autonomía y aprendizaje flexible

Aunque el artículo estudia específicamente la primera infancia, encuentro el concepto de pedagogía de la fricción muy fértil para pensar otros contextos educativos. Esta conexión ya es una lectura que hago desde mis propias líneas de trabajo, no un resultado del estudio.

Por ejemplo, en aprendizaje flexible buscamos ofrecer diferentes posibilidades: ritmos, recursos, recorridos, apoyos y formas de participación. Precisamente por eso la pedagogía de la fricción introduce una tensión interesante.

Flexibilizar puede significar ofrecer apoyos para que una persona encuentre mejores condiciones para aprender. Pero quizá debamos observar también qué ocurre cuando la adaptación elimina demasiadas decisiones, demasiada incertidumbre o demasiado pronto aquello que exige un esfuerzo propio.

Una experiencia puede ofrecer muchas opciones y dejar poco espacio para decidir. También puede acompañar de manera flexible y mantener momentos en los que sea necesario interpretar, escoger, experimentar, equivocarse o volver a empezar.

Ahí encuentro una relación especialmente interesante entre flexibilidad y autonomía.

La cuestión podría estar menos en cuánto facilitamos y más en qué tipo de apoyo permite que quien aprende continúe siendo quien toma las decisiones relevantes de su proceso.

Qué merece la pena conservar

Me quedo con la pedagogía de la fricción porque permite mirar la innovación educativa desde un lugar poco habitual.

Estamos desarrollando recursos capaces de eliminar esperas, anticipar necesidades, corregir errores y ofrecer respuestas cada vez más rápidas. Todo ello puede tener un enorme valor educativo.

Pero diseñar mejores experiencias también puede significar reconocer qué merece permanecer abierto, incompleto o pendiente durante un tiempo.

  • Una conversación que necesita negociación.
  • Un error que conviene observar antes de corregir.
  • Una decisión que debe tomar quien aprende.
  • Una respuesta que necesita tiempo.
  • Una experiencia física que no puede sustituirse por su representación.
  • O una pregunta que quizá no necesite resolverse inmediatamente.

En un contexto que valora cada vez más la velocidad y la eficiencia, la pedagogía de la fricción introduce una idea que merece ser pensada con calma: algunas dificultades, algunas pausas y algunas incertidumbres siguen formando parte de cómo construimos autonomía y aprendemos.

Referencia

Luo, W., Gao, M., Liu, J., Berson, I., Berson, M., & Li, H. (2026). The illusion of agency: deconstructing AI’s influence on the generation of authentic agency in early childhood. AI, Brain and Child, 2, 17. doi:10.1007/s44436-026-00040-8.