23 septiembre 2026

Educación y eficiencia: ¿qué estamos intentando acelerar?

Últimamente, cuando nos preguntamos qué aprendizajes adquieren todavía más valor en un contexto atravesado por la inteligencia artificial, las humanidades aparecen una y otra vez. Tiene sentido: leer con profundidad, interpretar, argumentar, imaginar, construir una voz propia o sostener una pregunta durante tiempo son capacidades que no se reducen fácilmente a una respuesta inmediata.

Sin embargo, esta reivindicación convive con una tendencia cada vez más presente en nuestra forma de vivir y aprender: hacer más, hacerlo más rápido, reducir tiempos y convertir la eficiencia en una medida de casi todo.

¿En qué momento convertimos la eficiencia en un valor educativo?

De esta tensión parte una reciente reflexión de Katherine Rundell, en The Guardian. Su posición respecto a la inteligencia artificial es deliberadamente crítica, pero lo más sugerente de su texto está en otra cuestión: qué podemos perder cuando trasladamos al aprendizaje la lógica de optimizar, acelerar y eliminar cualquier proceso que parezca lento o poco productivo.

Aprender requiere tiempo. Leer y volver atrás. Escribir una idea que todavía no sabemos formular. Probar un argumento, descartarlo y comenzar de nuevo. Equivocarnos. Permanecer durante un tiempo ante algo que aún no comprendemos.

En esos procesos ocurre una parte importante del aprendizaje.

El resultado final —un ensayo, una respuesta, un producto— cuenta solo una parte de la historia. También importa lo que sucede mientras lo construimos: cómo relacionamos ideas, qué dudas aparecen, qué decisiones tomamos y cómo cambia nuestra manera de pensar durante el recorrido.

Aquí aparece una cuestión especialmente relevante ante la IA generativa. Podemos resumir, reformular, organizar, escribir o encontrar respuestas con una rapidez difícil de imaginar hace pocos años. Muchas de estas posibilidades pueden ampliar el acceso, facilitar apoyos y ofrecer nuevas formas de aprender.

Pero poder acelerar un proceso no significa necesariamente que debamos hacerlo siempre.

Hay dificultades que conviene eliminar porque excluyen o dificultan el acceso. Y hay procesos que necesitan tiempo porque forman parte de aprender: sostener la atención, enfrentarse a la incertidumbre, elaborar una posición, construir confianza en una idea propia o descubrir que todavía necesitamos seguir pensando.

Quizá una de las decisiones educativas más importantes ante la IA sea precisamente distinguir unas de otras.

Educar tampoco consiste únicamente en conseguir que alguien llegue más rápido a una respuesta. Tiene que ver con crear condiciones para que pueda comprender, interpretar, imaginar, discutir, equivocarse y construir criterios propios.

Por eso la pregunta de Rundell me parece especialmente oportuna. Antes de preguntarnos cuánto podemos acelerar el aprendizaje, quizá convenga preguntarnos qué estamos intentando conseguir cuando educamos.

Porque aprender más rápido puede ser útil. Pero aprender y educar van de bastante más que ser eficientes.

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