El agente creado por las personas investigadoras no contradice por contradecir. Analiza una propuesta y genera objeciones desde la perspectiva de diferentes agentes implicados: problemas de accesibilidad, privacidad, automatización, equidad o formas alternativas de participación que quizá quien diseña no había considerado. Además, tiene una particularidad importante: no ofrece inmediatamente una solución. Su función es mantener visible la tensión para que sea la persona quien decida qué hacer con ella.
| Figura 1 |
También me parece un artículo muy interesante para aprender cómo investigar una idea de este tipo. Primero, las personas autoras construyen el agente a partir de entrevistas con seis profesionales con experiencia en diseño público y procesos con múltiples agentes. Después realizan un experimento con 45 estudiantes de diseño, asignados aleatoriamente a tres situaciones: revisar libremente su propuesta, utilizar una guía escrita con preguntas sobre conflicto constructivo o interactuar con la IA antagonista.
Todo el mundo realizó una primera propuesta, pasó por una de estas tres condiciones y volvió después a modificar su diseño. Las personas investigadoras compararon las ideas añadidas, revisadas o eliminadas y combinaron este análisis con cuestionarios, entrevistas y aproximadamente 60 horas de transcripciones. Es un buen ejemplo de cómo un concepto teórico puede convertirse en una intervención concreta y después compararse empíricamente.
¿Y qué ocurrió con el estudiantado? Aquí el resultado es especialmente interesante. Tanto la guía como el agente hicieron que reconsideraran más sus decisiones que quienes simplemente reflexionaron por su cuenta. Pero quienes interactuaron con la IA modificaron más activamente sus propuestas y consideraron perspectivas de agentes que los otros grupos no habían identificado. Por ejemplo, algunas objeciones llevaron a revisar decisiones relacionadas con personas mayores, automatización o equidad; también hubo ideas que terminaron eliminándose después de hacer visibles sus posibles consecuencias para determinados grupos.
Las propias valoraciones del estudiantado ayudan a entender qué encontraron valioso. Aproximadamente la mitad de las objeciones fueron etiquetadas como útiles y una cuarta parte como no útiles, lo que también muestra que no aceptaban automáticamente lo que decía la IA. En general consideraron que las objeciones eran relevantes para sus diseños y señalaron que el agente introducía cuestiones que probablemente no habrían pensado por sí mismas. La interacción también produjo cambios significativamente mayores en su manera de pensar el diseño que la simple autorreflexión.
Hay, sin embargo, una precaución fundamental: el artículo no demuestra que la IA represente realmente la experiencia de esos colectivos. Las personas autoras advierten expresamente que estas perspectivas sintéticas no sustituyen el diálogo con agentes reales. La IA puede ayudarnos a descubrir una pregunta que no habíamos formulado; después habrá que contrastarla con quienes viven realmente esa situación.
Para las metodologías participativas encuentro aquí una posibilidad muy fértil incluso sin IA. Una dinámica de cocreación, un Living Lab o una caja metodológica podría incorporar una carta, un personaje o un momento cuya función fuera preguntar: ¿qué perspectiva está quedando fuera?, ¿quién podría oponerse a esta decisión?, ¿qué consecuencia estamos evitando discutir?
Y, cuando utilicemos IA, quizá una de sus funciones más interesantes sea precisamente esta: provocar pensamiento en lugar de proporcionar respuestas.
Participar también puede significar discrepar. Y a veces necesitamos mantener esa discrepancia el tiempo suficiente para que nos permita ver algo que todavía no habíamos considerado.
Referencia:
Han, H. Z., & Martelaro, N. (2026). Enacting constructive conflicts with AI agents to enhance reconsideration among novice interaction designers. arXiv. https://arxiv.org/abs/2608.04166
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